Portafolio Periodístico. Enero – Mayo 2025
El transporte público en Saltillo atraviesa un momento crítico. Entre cambios de tarjetas que no terminan de cuajar, unidades en deterioro, rutas cuestionadas y la promesa de un futuro gratuito que aún se ve lejano, la realidad diaria de miles de saltillenses se debate entre largas esperas, trayectos incómodos y la incertidumbre de un sistema que parece avanzar a trompicones. Este reportaje desvela las grietas del servicio desde la perspectiva del usuario, la cabina del chofer y el pulso de las cifras oficiales.
La movilidad urbana en Saltillo se ha convertido en un tema recurrente en la agenda pública y, sobre todo, en la cotidianidad de sus habitantes. En el último año, el gobierno municipal ha intentado dar un giro de timón con implementaciones como la “Tarjeta NET”, tomando el lugar de la “Saltibus” tras 11 años de servicio. Sin embargo, la transición no ha sido tersa. La nueva tarjeta, pieza central de la modernización, aún no cubre la totalidad de las rutas, obligando a los usuarios a malabarear, y a veces, a recargar ambas, si es que necesitan usar servicios distintos operados con sistemas separados.

Paralelamente a la Tarjeta NET, que según la información proporcionada, se intentó acompañar en un principio de nuevas rutas en octubre de 2024 (aunque estas ya no existen), se anunció con bombo y platillo el programa “Aquí Vamos Gratis”. El alcalde Javier Díaz presentó dos rutas troncales que, a partir del 1 de octubre de 2025, rodarán por la ciudad con 35 camiones de cama baja, climatizados y con capacidad para 77 pasajeros, ofreciendo un servicio sin costo. El rediseño y los estudios preliminares para estas troncales tomarán seis meses.

No obstante, la letra pequeña del diagnóstico oficial, surgido de un estudio propio, pone el dedo en la llaga: muchas colonias saltillenses carecen de rutas eficientes, forzando a sus vecinos a largas caminatas o a buscar alternativas de transporte para acercarse a paradas principales. Y aquí reside una de las paradojas: si bien hay intenciones de agilizar la movilidad con nuevas rutas, la distribución inicial, pensada para transbordos rápidos norte-sur y oriente-poniente, se topó con la realidad de que no entraba a las colonias, resultando poco conveniente para los usuarios, tanto en tiempo como en dinero.
Pero más allá de las estrategias y las fechas futuras, el presente del transporte público en Saltillo es, parafraseando a sus usuarios, «toda una experiencia». Una radiografía del día a día revela esperas que se antojan eternas bajo el sol severo, como relata una crónica reciente. Una mañana calurosa: dos mujeres en la parada, una se cansa y busca otra opción. Llega un camión pequeño que, sin detenerse, ignora el brazo extendido de la que perseveró. Diez minutos después, otro camión, que sí para, aunque va lleno. Un viaje de pie, con el riesgo latente de una caída por los movimientos bruscos del chofer.

La travesía vespertina no mejora el panorama. Con el tráfico y el calor apretando, conseguir subirse a una unidad, incluso si toca esperar «solo» 40 minutos, es un alivio. Pero la incomodidad persiste: asientos rotos o zafados, ventanas que no abren o son demasiado pequeñas para aliviar el bochorno. Viajar así, atrapado en el denso tráfico, especialmente en horas pico o cerca de zonas escolares, convierte la unidad en un horno y el trayecto en un suplicio. Los pasajeros, fastidiados por el calor y la tardanza, se vuelven irritables. La percepción se impone a la realidad: un viaje de una hora se siente el doble.
Esta cruda realidad contrasta, por ejemplo, con los datos de transparencia municipal actualizados a marzo de este año, que indican una frecuencia de 7 minutos para la Ruta 2B. Irene, una estudiante y usuaria habitual, desmiente categóricamente la cifra. Su experiencia habla de esperas habituales de entre 30 y 40 minutos para esa misma ruta.

La voz de los choferes añade otra capa a esta compleja realidad. Arnulfo Villanueva, con 34 años al volante, ofrece una perspectiva desde la trinchera. Confirma que el tráfico ha escalado, impactando directamente sus jornadas, especialmente en horas pico. Las entradas y salidas de escuelas y trabajos complican el cumplimiento de horarios. Pero no es solo el volumen; la falta de cultura vial, tanto de automovilistas como de peatones, genera situaciones de riesgo constante. Arnulfo evalúa las vialidades en un 70% de su óptimo, pero identifica puntos críticos: baches omnipresentes, semáforos descoordinados y, crucialmente, la falta de paradas bien señalizadas y espacios adecuados para subir pasajeros en rutas largas.
Juan Cáceres, chofer de la Ruta 2B con 11 años de experiencia, coincide con Arnulfo en el aumento del tráfico, asegurando que impacta el 95% de su jornada. Para paliar los retrasos, han tenido que duplicar el intervalo entre unidades, pasando de 8 a 15 minutos, una confesión que explica la larga espera denunciada por los usuarios y que se aleja significativamente de los 7 minutos oficiales. Para Juan, las modificaciones viales recientes incluso han empeorado la movilidad en ciertas zonas, particularmente en el centro. También señala que, aunque existan paradas, muchos usuarios no las usan adecuadamente, contribuyendo al desorden.
Más allá de la infraestructura, subyacen problemas laborales. Arnulfo Villanueva y la usuaria Irene (en una entrevista aparte) coinciden en señalar la precariedad que enfrentan muchos choferes. La falta de seguro social y la alta rotación de personal siembran inestabilidad y, según Irene, impactan directamente en la cultura vial y el desempeño. Para ella, un transporte digno implica seguridad (especialmente para las mujeres), calidad en las unidades, precios accesibles y condiciones laborales justas para quienes lo operan.

En el frente del mantenimiento, el vacío de información oficial sobre el estado de las unidades actuales es notable. Los usuarios, hartos de viajar en vehículos con asientos rotos o ventanas inservibles en pleno calor, exigen mejoras urgentes y cuestionan si la tarifa que pagan se refleja en un mantenimiento adecuado.
La imagen es clara: Saltillo necesita un sistema de transporte público que esté a la altura de una ciudad en crecimiento. Los planes a futuro, como «Aquí Vamos Gratis» y el rediseño de rutas, generan expectativas, pero la urgencia está en el presente. Cerrar la brecha entre la promesa y la realidad diaria pasa por abordar de forma integral la infraestructura vial (baches, semáforos, paradas), la cultura vial, las condiciones laborales de los operadores y, fundamentalmente, por garantizar que la inversión pública se traduzca en unidades en buen estado y frecuencias fiables.
La colaboración entre autoridades, operadores y la ciudadanía será clave para desatascar este servicio esencial que, hoy por hoy, deja a miles de saltillenses varados en la espera o atrapados en trayectos que se sienten interminables. El transporte público en Saltillo no es solo un tema de movilidad; es un termómetro de la calidad de vida urbana que hoy marca, con cierta alarma, la necesidad de un rumbo más claro y eficiente.

Reportaje por Carmen Rodríguez.
